Hostal de la Cadena

Saliendo de Tarragona por la Puerta de Santa Clara (que estaría situada en la confluencia entre las actuales Vía Augusta y la Rambla Vella) o la todavía conservada Puerta de San Antonio, yendo en dirección Barcelona había una serie de hostales para descanso del viajero que hacían las veces de taberna y de lugar de reunión para conspiradores, contrabandistas y gente de mal vivir, aprovechando que sin estar muy lejos de Tarragona, tampoco estaba cerca escapando así del control que las autoridades podían ejercer. Concretamente, a 1.500 varas (1km) de la Puerta de San Antonio sabemos de la existencia de dos de estos mesones, Ca la Clepsa y el Mesón de la Cadena.


Concretamente, el de la Cadena es del que más información nos ha llegado. Sabemos que era una casa amarillenta unida a otras dos de colores verde y rosa con gran zaguán y media cuadra y un par de anclas con sus cadenas, probablemente de ahí el nombre, un mesón del cual nos hablará nada más y nada menos que Pío Baroja en su obra Memorias de un hombre de acción, concretamente editado en el libro Las Furias, y por la descripción parece que el autor lo conocía de primera mano.

Más allá de estos detalles, nos es un poco complicado situarlo con precisión, pues nada nos ha llegado de él más allá de que estaba a 1 km de la Puerta de San Antonio, pasado un puente que salvaba un barranco. Teniendo en cuenta las distancias, es probable que estuviera en la Vía Augusta después del Hotel Astari a mano izquierda, pues el barranco todavía existe, aunque urbanizado como calle de Joan Fuster, y el puente se reconstruyo hará cosa de unos años.

En nuestra historia reciente será importante en varias ocasiones. En 1809, derrotado Reding en la batalla del Pont de Goi, sabemos que el vencedor, el mariscal Gouvion Saint-Cyr, persiguió a las tropas españolas hasta Tarragona y no se atrevió a ir más allá del Hostal de la Cadena al no disponer de artillería de sitio y considerar imponentes las fortificaciones de la plaza. En 1821, es utilizado como barrera sanitaria para evitar el contagio de la fiebre amarilla que asolaba Tarragona, y podría ser que el control se ubicara ahí puesto que es plausible que fuera también el lugar donde estaba instalada la aduana donde los comerciantes que quisieran hacer negocio en Tarragona debían abonar las tasas correspondientes.

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