Los últimos días del Sitio de Tarragona de 1811 (4a. Parte i última)

28 DE JUNIO

Al amanecer del 28, después de enviar un parlamentario, que fue rechazado por conservarse todavía alguna esperanza de socorro que procuraba Contreras alimentar en la guarnición, comenzaron aquellos a batir en brecha el cuerpo de la plaza, principalmente la cortina del frente de S.Juan, junto al ángulo entrante donde se une con el fuerte de S.Pablo, a 30 toesas de distancia, con 14 piezas de a 24 en cada batería. Nuestro fuego fue tan vivo y acertado, y tan descubierto estaba el enemigo, que a las dos horas pudo publicarse para alentar a los defensores, que los contrarios tenían ya desmontadas 7 de sus piezas. A las diez incendió una bomba enemiga el repuesto de pólvora de Cervantes, inutilizando completamente tan desgraciado incidente la defensa de aquel angostísimo punto, donde perecieron muchos de nuestros valientes soldados. A las dos de la tarde nuestros fuegos se habían debilitado extraordinariamente, aunque el ánimo de las tropas permanecía inalterable en medio del estrago.

La brecha empezaba a ser practicable a las primeras horas de la tarde, pues aunque solo se había desmoronado el merlón y poco más de la cortina batida, podían entrar ya ocho hombres de frente por la abertura, facilitando el acceso la falta de foso y los mismos escombros. Sabiendo el francés la llegada de la división inglesa, y que no andaba lejos el ejército español de operaciones, apresuró la acometida y lanzó sus tropas a la brecha sin esperar a que estuviera del todo practicable.

Contreras, que al principio había tratado de resistir a todo trance, trató ya a las primeras horas de los progresos del enemigo, de poner en salvo la guarnición, aunque para ello fuera necesario hacer un supremo esfuerzo. La operación era en verdad arriesgada, y exigió mucho tino y firmeza. Ya los sitiadores tenían tomados todos los pasos, y sobre el camino real de Barcelona, en los puntos del Ermitaño, Loreto, Olivo y mamelones inmediatos a dicho camino habían apostado destacamentos considerables y firmes en sus posiciones. El embarque estaba del todo interceptado por las baterías del puerto que impedían la aproximación de los buques, pudiendo solo de noche arrimarse a la playa alguna que otra lancha para el transporte de heridos. No era posible pues verificar la salida sino por el espacio que media entre Constante y el Olivo, inclinándose hacia el pie de este fuerte para tomar prontamente la dirección de las montañas del Vendrell.

Los enemigos no podían presentar por este lado un frente de 6000 hombres, por tener repartidas sus fuerzas, unas observando a Campoverde, otras, ciertamente las más respetables, en la marina, destinadas para el asalto y auxiliarle, y las demás de observación en diferentes puntos, distantes de la plaza sobre el camino de Reus, en el Coll de Balaguer y otros varios. Examinóse detenidamente este paso, con presencia de un croquis topográfico que se formó, se previeron las dificultades que podía ofrecer la retirada por aquel punto, y se dispuso verificar la salida a la primera hora de la noche del mismo infausto día 28 de junio, hora en que se calculó que habrían los imperiales aportillado el muro batido, y se arrojarían al asalto a fin de ocultar su fuerza real y su verdadero objeto; en cuyo instante principiaría la guarnición a desfilar por entre Costantí y el Olivo, de suerte que por mucha prisa que los enemigos se diesen no podrían presentar un frente capaza de detener a los españoles.

La guarnición debía salir en tres secciones. La de vanguardia fuerte de 1500 soldados, mandada por el coronel Roten; la segunda o del centro, de 2000 hombres a las órdenes del general Courten, y la tercera regida por el coronel Eguaguirre, compuesta de 2900 infantes, entre ellos 400 granaderos, que después de haber esperado en la plaza a los franceses, debían retirarse en escalones, en tanto que 1000 cazadores de la misma porción esparcidos sobre el flanco izquierdo harían fuego contra los enemigos de la primera paralela, y los 1500 restantes seguirían en columna cerrada a las precedentes secciones. No había que temer por esta parte el fuego del cañón del Olivo, ni el de la batería, situada en el puente del camino de Reus, aquel por la distancia y ésta por haber sido construida para ofensa de la plaza y tener cerrada toda su circunferencia, a excepción del boquete que miraba al río, lo cual le imposibilitaba por consiguiente ofender a los nuestros en el corto trecho que podía descubrirles, sobre todo en medio de la oscuridad y confusión que en aquellos momentos reinarían. El estado mayor, los equipajes y los utensilios de guerra debían marchar entre la sección del centro y la de retaguardia.
La salida debía verificarse por la poterna de la línea del Rosario que estaba a cubierto de la zanja dirigida al fuerte de Reding, inmediato al acueducto del Olivo. Los oficiales de artillería iban provistos ya de martillos y clavos para inutilizar los cañones que se dejaban en la plaza; pero ignoraban la hora y aún el dia de partida. A las doce se ofició al general inglés Doyle que estaba a bordo de uno de los buques de su nación para que dispusiese la aproximación de algunas lanchas de transporte para el embarque de los heridos. Contreras tenia escrita una carta para Suchet, suplicándole usase de humanidad con los militares y paisanos que a su entrada hallase en la plaza. A fin de no carecer de provisiones se dieron instrucciones reservadas al ministro de la real Hacienda.

El comandante general había puesto en la órden del día, para estimular a la guarnición desanimada con la falta de socorro, que el barón de Eroles iba a llegar de un momento a otro con refuerzos considerables, y que en el interin era preciso defenderse con obstinación y heroísmo.
El coronel Eguaguirre que mandaba desde el dia 25 en la segunda línea que venía a formar el punto de la Rambla, había, con objeto de ganar tiempo y contener un golpe de mano, temible siempre en tan audaz enemigo, sobre todo en el instante de la concertada salida, hecho construir zanjas sobre piedra viva en todas las bocacalles que van a la pescadería y a otros puntos de la ciudad; formó parapetos con pipas y arena, mandó tapiar todas las casas, dándolas comunicación con toda la dirección de la Rambla y abriendo en ellas aspilleras tras las que se colocaron dos batallones de Almería. Hizo derribar la escalera de la torre de Santo Domingo y las de todas las casas de la línea de este convento al objeto de aumentar a los franceses las dificultades, privándoles de que pudiesen de pronto fortificarse a su llegada. Mandó habilitar sobre la puerta de Barcelona un cañón de barbeta para barrer a metrallazos de la línea a los imperiales que se corriesen por la parte de la muralla, cerró una puertecilla que sobre la misma había contigua al convento de S.Francisco; bien que luego la mando abrir el coronel Canaleta a pretexto de que pertenecía aquel punto al distrito de su mando.

Aunque todo estaba dispuesto para la retirada que debía tener lugar a las ocho y media, debía por la premura del tiempo y por exigirlo así la misma operación, defenderse la brecha con el mayor empeño. Con tal motivo arengó Contreras, a las cuatro y media, a los granaderos provinciales de Castilla la Nueva, que en número de 250 estaban en la Rambla, y alentándolos con enérgica voz los condujo a la brecha entusiasmados y exhalando frenéticos vivas. Siguieronle también los del regimiento de Almería, fuerte, como se ha dicho de 900 plazas.

El enemigo tenía envuelta la plaza en un círculo de fuego, con más de 50 baterías, entre ellas la que estaba situada sobre el convento de Capuchinos, y cuyas 8 piezas destinadas a batir en brecha el muro de su frente, ensanchábanlo por momentos con sus incesantes disparos, azotando continuamente los escombros que las ruinas formaban, e impidiendo que hicieran los nuestros reparo alguno. No obstante, con buen número de colchones que de milagro lograron los sitiados proporcionarse, formaron como pudieron espaldones a derecha e izquierda de la brecha. Mandaba en ella el bizarro brigadier D. Pablo Mesina. Era la muralla un antiguo y ruinoso torreón, sin foso, contraescarpa ni camino cubierto, de suerte que los escombros que en las fortificaciones regulares sirven al objeto que se propone el sitiador para cegar el foso y formar la rampa, en esta ocasión casi le aprovechaban para guarnecerse a modo de parapeto. Ya hemos dicho que los fuegos de flanco habían sido apagados a los españoles después de las primeras horas de combate.

Tres veces, a pesar de todo, intentan los franceses, conducidos por los generales Habert, Ficatier y Montmarie, subir a la brecha, pero otras tantas les arroja nuestra metralla a gran distancia. El campo está materialmente cubierto de muertos y heridos. Los enemigos vacilan, rehúsan volver a tentar otra acometida, pero acude en su ayuda la reserva, medio ebria por el vino y el aguardiente con pólvora con que han procurado enardecerla sus jefes; los mismos ayudantes de Suchet marchan a su frente; un batallón de oficiales se lanza el primero al lugar del peligro, para dar ejemplo de valor a los soldados a quienes intimida la enérgica resistencia de los españoles, y la lucha se recrudece más y más. Las primeras filas de los acometientes perecen por entero antes de poner el pié en la rampa; y sin embargo no cesa el oleaje de enemigos, ni basta a contener tanta multitud de asaltantes el redoblado cañoneo con que son recibidos. Al fin, trepando sobre montones de cadáveres de los compañeros que les han precedido, coronan la brecha, la obstruyen, la ganan, la pasan, invaden la cortina y baluarte de S.Pablo, y con la celeridad del rayo se extienden y corren por lo largo del adarve, ciegos de coraje y ansiosos de venganza, a caer por todos lados sobre cuántos puntos estén en el interior del recinto dispuestos a continuar la defensa.


Poco más de las seis serian cuando envueltos por los franceses y batiéndose a la bayoneta con ellos, cejaban fatigados por la calle de S. Juan hacia la Rambla los restos de los granaderos provinciales de Castilla la Nueva y algunas compañías de Almería, disputando a palmo el terreno, precisamente mientras Contreras exhortaba al primer regimiento de Saboya y a otros varios cuerpos. Los soldados empezaban a titubear y desoyendo las voces de sus jefes, se dieron a huir hacia la marina la mayor parte de las tropas. Sostuvieron se con todo, por algunas horas en las casas aspillerazas y en los parapetos de las bocacalles, los dos bizarros batallones de Almansa, que en ellas se hallaban preventivamente apostados, conteniendo el avance francés, pero hiriendo a un mismo tiempo a este y a los nuestros, por cuyo motivo hubo de mandarse suspender el fuego de fusileria, disparando solo los que estaban en la calle.

Mandó entre tanto Eguaguirre a su ayudante Ramos que pasase a la línea de S.Magín y el rosario, a fin de conducir a la Rambla el 3º de cazadores de Valencia; mas ya Courten había cerrado la puerta de S.Magín, lanzando su división contra la columna italiana y cazadores del 24, que por el Loreto, el Ermitaño y la casa del Portazgo, del camino real de Barcelona, bajaban a atacarle.
En la segunda línea se habría prolongado la resistencia, si tan denotados defensores no se hubieran visto de pronto acosados fuertemente por la espalda, a causa de haber los enemigos hallado abierta y desamparada la puertecilla subyacente a la puerta de Reus en la muralla de S.Francisco, que dijimos había mandado franquear de nuevo el coronel Canaleta. Pasando pues desde allí los acometientes a la plazuela de S.Francisco, fusilaban por retaguardia a los soldados españoles que se sostenían en los parapetos de las bocacalles de la Rambla.

La afluencia de tropas enemigas sobre este punto era extraordinaria. Por fin, cerca de 1500 granaderos, entraron en la Rambla sostenidos por cuatro batallones de línea. El combate que allí se trabó fue el más ensangrentado de la jornada. Ya no se disparaban los fusiles, sino que se hería con la bayoneta o con el sable. Barreras llegaban a formar a los vivos los cadáveres de los que sucumbían.
Disminuido considerablemente el número de los nuestros, y atacados con vigor por frente y espalda; prisionera la división exterior que en este tiempo había tratado de abrirse paso en columna cerrada por en medio de las crecidas fuerzas sitiadoras, hacia la parte de Altafulla (El comandante de la derecha que mandaba la línea y fuertes exteriores de aquella parte con unos 3000 hombres que tenia a sus órdenes, y la multitud de gente que huyendo del teatro del horror se unió a su división intentó abrirse paso por el camino de Barcelona. Los franceses previendo sin duda este caso, porque pocos días antes por el mismo habían salido una partida de caballería, a cosa de media hora de distancia habían hecho una cortadura y empalizada que guardaban 2000 hombres con tres piezas de menor calibre. Al llegar nuestra división recibió una descarga de metralla; y vista la dificultad de penetrar se hizo la señal de rendición, pidiendo que a nadie se matase. Accedió el comandante francés, mas no lo cumplió: el ser paisano era delito de muerte para aquellos monstruos. Empiezan luego con el más cruel encarnizamiento a degollar cuantos se conocían tales. Todos hubieran tenido igual feliz suerte a no haberse unos vestido la ropa de los soldados muertos; estos escapando ocultándose por la viñas y montes vecinos, donde aún eran fieramente perseguidos; otros en fin echándose al mar, ahogándose muchos, salvándose solo los que nuestros amigos ingleses con sus botes pudieron recoger.), retirándose los que pudieron verificarlo a las escaleras de la Catedral: postrer baluarte donde habían de espirar las últimas víctimas de Tarragona. Allí les siguieron los enemigos, dueños ya desde ese momento de la plaza. Allí pereció el gobernador de la plaza, D.José González. El comandante general Contreras acabada de ser herido de un bayonetazo en el vientre, mientras pasaba a la puerta de S.Magín con objeto de reunir la gente que pudiese y cargar con ella al enemigo, salvarla durante la noche o emprender la salida rompiendo por medio de los contrarios. Luego corrió la voz de que había muerto, con lo que acabó de hacerse general el desorden.

(A.Blanch, 1863)


El general Habert era el jefe de las operaciones de asalto, quien al efecto había escogido las tropas más aguerridas, formando tres columnas y dos de reserva.
La 1ª columna, al mando del coronel Paul, tenía orden de franquear la `parte de la brecha, tomar hacia la derecha, apoderarse de los baluartes de San Juan, de Jesús y de Cervantes, correrse con la mayor celeridad hacia la puerta de San Antonio y establecerse en ella lo más sólidamente posible, a fin de impedir a los defensores de la plaza la salida hacia el mar.

La 2ª columna, al mando del comandante Felici, había de mantenerse detrás de la 1ª hasta llegar a la brecha, y una vez hubiese llegado la 3ª, que había de dirigirse hacia la izquierda, tenia encargo de ocupar la barriada de la Rambla, dirigirse a la Catedral, apoderarse de ella y rápidamente buscar contacto con la 1ª y 3ª columnas, de las cuales esta última habría ya llegado a la puerta del Rosario y la 1ª a la de San Antonio.

La 3ª columna, mandada por el coronel Ordioni, llevaba la orden de recorrer a la izquierda los muros de la ciudad, apoderarse del bastión y puerta del Rosario y de los fuertes de Reding y San Pedro.
La 4ª columna, a las órdenes del general Ficatier, formaba la primera reserva, y la 5ª y última columna, al mando del general Montmarie, constituía la brigada de observación.

Bianchini, el bravo sargento italiano que alentó a las tropas enemigas a arrollar definitivamente a los defensores, en la última e irresistible oleada, sucumbió en la misma brecha de la muralleta.

La defensa del Portalet estaba confiada a los milicianos con D. Joaquín Fábregas.
(A. Alegret, 1911)

El día 28 de junio, a las cinco de la tarde, los franceses iniciaron el asalto final. La resistencia organizada no se prolongó más de dos horas. Después, los excesos de los vencedores persistieron tres días ocasionando más de 5600 víctimas, entre las cuales por lo menos se contaron 300 niños y mujeres. Toda la ciudad fue pasada a sangre y fuego.

(José Mª Recasens, 1965)

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