Misa en conmemoración de las víctimas del Sitio de Tarragona 1811

 

Uno de los actos más íntimos y más emotivos de los que se han realizado este año para conmemorar el Sitio de Tarragona de 1811 fue la Misa en sufragio por las victimas de aquellos que dieron su vida por su gente y por Tarragona.

Retomada la tradición, después de muchos años de no realizarse, y coincidiendo con la celebración del bicentenario del Sitio, el año pasado el capítulo catedralicio decidió conmemorar la efeméride con una misa solemne. Este año, y por voluntad personal de nuestro apreciado arzobispo Jaume Pujol Balcells, nuevamente se ha mantenido la tradición y se ha realizado una Misa Solemne, en esta ocasión en la Capilla del Santísimo, de la Catedral de Tarragona.

La misa,  presidida por nuestro arzobispo y por todo el Capítulo Catedralicio fue sostenida por el coro y orquesta de los Amigos de la Catedral.

La presencia de miembros de la Asociación “Setge de Tarragona 1811” y de nuestra asociación no fueron suficientes para llenar la bella Capilla del Santísimo, que mostraba un vacio de fieles tarraconenses, indiferentes a la conmemoración.

Aún así, y esperando que el año próximo la gente de Tarragona responda con más ímpetu, hay que decir que a todos los presentes nos llenó de emoción la emotiva atmósfera que se creó, especialmente al escuchar la homilía con la que nuestro buen pastor nos obsequió.

No pudimos por menos que pedirle su autorización para poderla compartir con todos vosotros.

Disfrutadla.

 

 

 Principio del formulario

HOMILÍA

EN LA MISA EN SUFRAGIO
POR LAS VÍCTIMAS DEL SITIO DE TARRAGONA
(CATEDRAL, 27 DE JUNIO 2012)

Misa por la Reconciliación (n. 22 bis Misal romano p. 889); Is 9,2-7; Sal 22; Jn 20,19-23

Queridos hermanos y hermanas,
Hoy nos reunimos aquí, un año más, para celebrar una eucaristía conmemorativa por los muertos del asedio de 1811. Quizás alguien encontrará absurdo que celebramos una eucaristía rememorando unos hechos que ocurrieron hace doscientos años; doscientos uno exactamente. A quien piense así le invitaría a hacer una reflexión: estos días de conmemoración miramos la historia, miramos los hechos pasados ​​para no quedarnos en ellos, sino para proyectarnos hacia el futuro y para ser instrumentos de paz y de reconciliación.
Fue en aquel 27 de junio de 1811 cuando nuestros capitulares demostraron, además de su fe, su coraje y su humanidad. Sobre el altar que hay bajo el retablo había expuesto el Santísimo Sacramento. Hacía días que ya no había vino para celebrar. Consolando el pueblo, los enfermos y los heridos quedaron los canónigos Mn. Pedro Huyà, Mn. Josep Rocamora, Mn. Ignacio Ribes, Mn. Josep Boni, Mn. Manuel de Fuentes y Mn. Pedro Enrique, que no habían queridos dejar Tarragona y abandonar los fieles y habían decidido compartir el destino con ellos. También estuvieron en la ciudad unos cuantos sacerdotes y religiosos y religiosas.
No todo el mundo sabe que Tarragona fue, junto con Ciudad Rodrigo, la única ciudad que no se rindió al invasor napoleónico y su conquista, la más sangrienta de aquel período. El hecho de que hiciera ya tres años que se estaba en guerra cuando se produjo la toma de una ciudad que acuñó el lema «Antes morir que rendirse», hizo que el evento pasara más desapercibido que otros sitios más famosos y tempranos. Si de Zaragoza se pudo decir que fue conquistada y de Girona que fue rendida, de Tarragona se puede decir sencillamente que fue asesinada.
Me cuesta imaginar lo que debería ser esta Catedral aquel 27 de junio de 1811. Nada que ver con la imagen que ahora estamos viviendo. Llantos de niños, alaridos de viejos, gemidos de heridos, tendido de moribundos y el rumor de una oración ante el Santísimo. Desde el campanario suenan las campanas: un toque, bomba, dos toques, granada. Y eso a cada instante de cada día.
Hacemos un esfuerzo con la imaginación y procuramos ponernos en la piel de nuestros antepasados: hace cincuenta y cinco años que estamos sitiados. Las campanas ya no tocan a muerte porque no harían otra cosa, y es más útil avisar a los que aún viven de lo que les está a punto de caer encima. Desde la caída del fuerte de la Oliva los acosadores bombardean Tarragona día y noche. Sólo quedan en la ciudad los pobres, los refugiados que no tienen dónde ir y los soldados… y un puñado de sacerdotes y religiosos heroicos que no quisieron abandonar a su desdicha las ovejas que les habían sido confiadas.
Si nos trasladáramos a esta misma Catedral ya esta misma hora hace apenas doscientos años veríamos que todo el mundo tiene miedo. Ya hace cinco días que se sabe que nadie vendrá en ayuda de la ciudad sitiada, aunque el Marqués de Campoverde haya dicho que llegaría el día 29. Todo el mundo es consciente de que el momento del asalto se acerca. Las trincheras enemigas cada vez están más cerca. Por otra parte, se ha sabido que la escuadra británica, que todo el mundo puede ver anclada fuera del puerto, ni siquiera molestar con su artillería los movimientos de los acosadores. Además, la propuesta del coronel Skerret de desembarcar con 1.200 soldados para reforzar la guarnición tarraconense ha sido rechazada.
Imaginaos que sois en esta misma Catedral: ya casi no es un templo, sino un refugio. No hay tanta luz como ahora. Unas velas, alguna antorcha humeante … Alguna lámpara de aceite testimonial, porque el aceite ha sido requisado para condimentar los ranchos de la tropa … Debía de ser una noche muy larga, aquella del 27 al 28 de junio.
El miedo, sin duda, debía aumentar durante la madrugada del 28 de junio. La artillería no para, con su voz de bronce. Por todas partes se sienten cornetas dando señales y redoble de cajas y sonidos de pífanos invitando a marcar el paso. Se trata de unos sonidos que se mezclan en el aire, los que vienen de fuera o de dentro de la ciudad, y que a su vez pronto se mezclarán con las descargas de fusilería, las voces de mando, el fragor de la lucha. La Muerte hace pasar su guadaña una y otra vez por dentro y por fuera de la ciudad. Por la tarde suena, escalofriante, el grito de: «Los franceses han entrado en la ciudad», nueva que pronto llega a la Catedral y hace estremecer la muchedumbre que se reúne. Los llantos y las lamentaciones se mezclan con los rezos.
También pronto se sintió que los atacantes subían calle Mayor arriba. Desde las casas les lanzaban encima muebles, agua hirviendo…. Mientras tanto, los canónigos se trasladaron a la puerta de la Catedral para pedir al invasor que respetara el templo y la muchedumbre de mujeres, niños, ancianos y heridos que allí se refugiaban.
Las tropas napoleónicas, tras durísimos combates, llegaron al plano de la Sede, donde hubo la última resistencia. Los canónigos que estaban en la puerta intentando que los asaltantes respetaran este lugar sagrado, fueron empujados por aquella riada enloquecida, deseosa sólo de matar, robar y violar. Los canónigos Enrique y Fuentes fueron asesinados allí mismo, y Mn. Josep Boni recibió numerosas heridas, a causa de las cuales murió.
Después, entraron a la Catedral, donde se puso de manifiesto como la guerra puede cambiar la naturaleza humana y transformarla en bestia. Estas naves se convirtieron en escenario de una orgía de sangre. Se perdieron numerosas reliquias, como la de santa Tecla. La custodia donde estaba expuesto el Santísimo fue troceada, el sagrario reventado, las formas fueron por tierra y quienes intentaban recogerlas eran asesinados. Un niño de unos siete años, que se había refugiado en la capilla del Santísimo, sumió-las por designio de la Providencia en medio de todo aquel derroche.
En el asalto siguieron tres días de saqueo y brutalidades por parte de los invasores, sin que los oficiales pudieran hacer nada para contener la soldadesca. Entre civiles y militares, más de once mil personas murieron en el asedio, la mayor parte entre el día 28 y los tres días siguientes, unas nueve mil resultaron heridas y otras tantas prisioneras. Más de un millar de casas quedaron destruidas. El ejército napoleónico formado por soldados franceses, italianos y polacos (es decir, de países de raíces católicas), tuvo siete mil bajas.

La ocupación napoleónica duró dos años y la ciudad nunca estuvo tranquila, por los constantes intentos anglo-españoles de recuperar la plaza, que culminaron en un segundo sitio, con los napoleónicos a modo de defensores, casi al cabo de dos años justos del asalto. Todo ello significó una serie de calamidades. La Iglesia, fiel a su mandato de velar por los más pobres, hizo todo lo posible para mejorar las condiciones de vida de los pocos fieles supervivientes.

Meses más tarde, por la valerosa actitud de los canónigos Huyà, Ribes y Rocamora, que convencieron al general Bartoletti para que no hiciera volar la Catedral, como hizo la noche del 18 al 19 de agosto de 1813 con las fortificaciones y edificios importantes de la ciudad a raíz de la retirada de las tropas napoleónicas, estas naves acogieron los más desvalidos de los poco más de trescientos habitantes que quedaron en Tarragona.
En todos estos hechos podemos ver una invitación muy actual. Una invitación para acoger. Estas venerables piedras que acogieron a los habitantes de la ciudad de Tarragona en momentos difíciles son imagen de las piedras vivas que somos los fieles que formamos el Templo del Señor: la Iglesia de hoy, la de ayer y la de mañana, que hemos de acoger, en los momentos difíciles y oscuros que también tenemos, los habitantes de la ciudad que buscan ayuda, los que buscan el sentido de trascendencia y especialmente los heridos en su espíritu y en su corazón, comunicándoles el mejor que tenemos: Cristo Jesús, el Príncipe de la Paz. Que la Virgen del Claustro, San Pablo, Santa Tecla, San Magín, San Oleguer y los santos mártires Fructuoso, Augurio y Eulogio intercedan por todos los habitantes de Tarragona, y para que la paz reine en todo el mundo, como preludio de la paz que tendremos en el cielo. Así sea.

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